La historia del sistema de reducciones o misiones jesuítico-guaraníes

Luego de recorrer cientos de kilómetros por algunas provincias del Litoral, empezamos a escuchar sobre un concepto bastante nuevo para nosotros: sistema de reducciones jesuítico-guaraníes. Sabíamos de las misiones jesuíticas, del origen del nombre de Misiones y de algunas ruinas turísticas en dicha provincia. Pero nos llamó mucho la atención qué representó este sistema y su enorme extensión, que cubrió parte de los países de Brasil, Paraguay y Argentina (en Uruguay hay vestigios de su paso, pero no se asentaron pueblos allí). Entonces, comenzamos a recabar información tras visitar varias de las misiones en nuestro país (entre Corrientes, Entre Ríos y Misiones) y aquí les queremos contar qué fue ese sistema jesuita y qué es lo que hasta hoy nos ha quedado.

Acceso a las ruinas de la misión de San Ignacio Miní (Misiones)

Acceso a las ruinas de la iglesia en San Ignacio Miní (Misiones)

Antes de la llegada de la Orden Jesuita (o Compañía de Jesús), fundada por Ignacio López de Loyola hacia mediados del siglo XVI, muchos grupos guaraníes ocupaban la zona mencionada, extendiendo sus comunidades por más de 4000 km. A diferencia de otros pueblos originarios, se distribuían entre grupos con cacicazgos independientes, como cinguares, guayaquis, arechanes y carioes, y en conjunto eran identificados como “guaraníes”. Dichas comunidades tenían cantidades de población que variaban mucho, desde pocos centenares a varios de miles de habitantes. Por lo general, vivían dentro de grandes casas (llamadas “malocas”), donde cabrían 200 personas o más, sin distinguir sexo o familia. Aquí figura una imagen de dichas chozas.

Chozas de los guaraníes en las misionesTanto para su surgimiento como para su extinción, existieron diversas motivaciones políticas, religiosas y económicas, lo que hace un poco más difícil encontrar un origen específico. Según nos han contado, hay dos versiones sobre por qué se instalaron las misiones jesuitas en este territorio: o bien se trató de una decisión unilateral por parte de la corona española; o, lo más sostenido, fue un pedido del Papa (los jesuitas le mantenían obediencia absoluta), acordado con los reyes españoles, de enviar a la Orden Jesuita con la misión de evangelizar a los pueblos originarios guaraníes. De la misma manera sucedió con India (1541) y Japón (1580). Para Sudamérica, se dio en un contexto internacional muy particular, ya que las tierras litoraleñas estaban en plena disputa entre España y Portugal.

De esta manera, en 1607 se decidió crear la Provincia del Paraguay de la Compañía de Jesús, cuya primera misión fue la paraguaya San Ignacio Guazú en 1609. A partir de ese momento, se instalaron alrededor de 60 pueblos de guaraníes (también llamados por los párrocos como “pueblos de indios”) o reducciones jesuitas, de los cuales perduraron sólo 30 entre los tres países (la mitad se encuentra en las provincias argentinas de Misiones y Corrientes). Entre aquella fecha y 1767, fueron más de 140.000 los indígenas que habitaron dichos pueblos.

Los jesuitas tuvieron en cuenta dos grandes aspectos para asentar estos pueblos: por un lado, era necesario contar con el aborigen a evangelizar, por lo que buscaron grupos guaraníes preexistentes en zonas determinadas; por otro lado, se contemplaron las condiciones naturales del asentamiento, como ser la accesibilidad y la fácil circulación, la disponibilidad de agua y madera, las zonas de cultivos y las posibilidades defensivas (ante la potencial avanzada portuguesa). Se dieron varios casos en los que una misión debió trasladarse a otro punto debido a que el primero no cubría las condiciones necesarias o por potenciales invasiones. Un ejemplo de estas transmigraciones fue el caso de San Carlos (provincia de Corrientes), que nació como misión jesuítica en la región de Caá Capí, fundada en 1631 como San Carlos de Guabirupá, hasta que se trasladó en 1638 a su ubicación actual, en el límite con la provincia de Misiones. Otro es el caso de Santa Ana, que surgió en 1633 en territorio brasilero, para luego mudarse a orillas del río Paraná en 1638 y, finalmente, se trasladó a su ubicación actual en 1660 (provincia de Misiones).

Ruinas de la misión de Santa Ana.

Ruinas de la misión de Santa Ana.

Con el nacimiento sucesivo de estos pueblos guaraníes, se fue dando forma al sistema de reducciones jesuíticas-guaraníes. Y la duda obvia que nos surgió es “¿qué querían decir con “reducciones”? Esta pregunta la fuimos haciendo en distintos destinos jesuíticos visitados y la respuesta no ha sido unánime. Entre los encargados de los museos y de las ruinas, pareciera existir un sentimiento de afecto profundo respecto de lo que fueron estas misiones y por lo que representan. Entonces, escuchamos explicaciones con sinónimos como “proceso de transculturación”, “reconducir” (el Padre Ruíz de Montoya proponía guiar a los aborígenes hacia la fe cristiana y vida civilizada), “conquistar”, “sincretismo” (fenómeno de interfecundación cultural), entre otros; pero siempre agregando que la intención fue la integración y el potenciamiento de las comunidades guaraníes antes que la de anulación.

Desde nuestra perspectiva, el concepto de “reducciones” sigue siendo ambiguo y podría rozar el eufemismo de lo que en muchos casos pareciera haber ocultado. A su vez, es clave tener en cuenta que, si bien existen distintas fuentes de información sobre su historia, se destacan los cronistas jesuitas que han dejado testimonios del proceso, con todas las parcialidades que ello implica. El objetivo de esta nota es intentar reconstruir lo que efectivamente hicieron los jesuitas, con resultados concretos, pero lo más interesante para nosotros fue cómo se dio el encuentro entre dos culturas y religiones tan distintas, y creemos que ese resultado es lo que en verdad responde a la pregunta por el concepto de “reducción”.

Restos de la capilla de la misión de Loreto (Misiones).

Restos bajo techo de la capilla de la misión de Loreto (Misiones).

Más allá de quién los haya enviado, cruzaron un océano con la idea de evangelizar a los pueblos guaraníes, es decir propagar la fe cristiana y convertir a los indígenas, y el desafío sería mayúsculo. Así fue que se encontraron con algunos “obstáculos” que, desde la perspectiva de los religiosos europeos, dificultaba la tarea, como fueron los hábitos de poligamia, divorcio y alcoholismo. Sin embargo, aprovecharon una gran ventaja que se convirtió en el punto de partida, esto es que el guaraní contaba con un alto sentido religioso-naturalista, ritualizando así todas las funciones de la vida. Eso mismo pretendían los jesuitas, pero reemplazando o haciendo convivir sus creencias con el Dios cristiano y toda su iconografía católica.

Los jesuitas lograron transmutar la vida en la reducción, sacralizándola por completo, haciendo omnipresentes manifestaciones de la fe o los sacramentos en toda actividad diaria. “Hermanos, ya que quiere aclarar el día: Dios os guarde y ayude a todos. Despertad a vuestros hijos e hijas para que vengan a rezar y alabar a Dios, a oír Santa Misa y después al trabajo. No os detengáis. No seais flojos. No os emperecéis”.

Plaza central de la misión de Santa María La Mayor (Misiones)

Plaza central de la misión de Santa María La Mayor (Misiones)

Otro fue el caso del diseño urbano, convirtiéndose la inmensa plaza en el principal espacio comunitario al aire libre, que quedó adornado en cada esquina con una cruz y otra en el centro de la misma, junto a edificios como la iglesia, el colegio residencial (donde vivían los jesuitas), los talleres, la huerta y el cementerio. Hacia el siglo XVIII, y mucho antes que en Buenos Aires o Córdoba, se incorporó la imprenta en distintas misiones a través de talleres tipográficos, lo que ayudó a difundir la doctrina, el catecismo y los libros sagrados en idioma guaraní.

Ruinas de la casa de viudas, huérfanos, ancianas y adúlteras (o cotiguazú), en Yapeyú (Corrientes).

Ruinas de la casa de viudas, huérfanos, ancianas y adúlteras (o cotiguazú), en Yapeyú (Corrientes).

Réplica de la primera imprenta en la misión de Santa María La Mayor.

Réplica de la primera imprenta en la misión de Santa María La Mayor.

Como decíamos, el desafío de integración no fue sencillo. Cuentan que los primeros contactos entre los jesuitas y los guaraníes fueron muy resistidos, incluso violentamente por parte de estos últimos. Por lo general, el chamán de la tribu (o payé) era quien más se negaba a aceptar la nueva ideología europea por poner en riesgo las creencias de sus ancestros. Sin embargo, una postura bastante sumisa y comprensiva de los jesuitas y la aceptación de su presencia por parte del cacique (que ganó primacía frente al chamán) facilitaron el diálogo. Se ha llegado a afirmar que el culturizador (español) fue el culturalizado, ya que debieron aprender del idioma, los rituales y las costumbres guaraníes.

Ruinas de la misión de San Ignacio

Ruinas de la misión de San Ignacio

En este sentido, el idioma guaraní prevaleció en las misiones (promoviéndose el bilingüismo y desarrollándose diccionarios para tal fin, de la mano del Padre Ruiz de Montoya), significando el respeto hacia la cultura aborigen. Para los guaraníes, la palabra es un elemento fundamental, un canal hacia la divinidad: es el alma y perderla es morir. Es por ello que mantener la oralidad en la lengua originaria era una herramienta conciliadora elemental.

Ornamentos en la mision de San Ignacio.

Ornamentos en la mision de San Ignacio.

Sin embargo, esto podría chocar con los cambios que sufrieron los asentamientos guaraníes. Es verdad que aquel respeto existió, manteniéndose las manifestaciones culturales, pero siempre y cuando éstas no atentaran contra el evangelio (como los casos que mencionamos sobre el alcoholismo, la poligamia y el divorcio).

El balance, entonces, podría repartirse entre el aspecto cultural-religioso y el aspecto productivo-organizativo (incluso, los dos padres jesuitas presentes se repartían dichas tareas en la misión). El primero pareciera inclinar la balanza en favor de los jesuitas, instaurando (o imponiendo) todo lo referido al catolicismo en la vida cotidiana de los guaraníes.

santa-maria-8Pero, al mismo tiempo, también se destacan los importantes resultados del aspecto productivo-organizativo. Para lograrlo, se combinaron los conocimientos naturalistas y medicinales de los guaraníes con los conocimientos técnicos de los jesuitas. En este sentido, la idea no era conquistar ni esclavizar a los aborígenes, sino más bien potenciar sus capacidades productivas y desarrollar sus comunidades.

Restos de la calera jesuítica ubicada en el Parque Nacional El Palmar (Entre Ríos).

Restos de la calera jesuítica ubicada en el Parque Nacional El Palmar (Entre Ríos).

Las tareas laborales se dividieron entre el ámbito privado y el ámbito comunitario. Por un lado, las actividades de “abambae” eran las destinadas al mantenimiento de cada familia, en forma particular, y en función del número de integrantes. Por otro lado, el “tupambae” era la Tierra de Dios o de la comunidad, propiedad social que era trabajada por el conjunto del poblado y destinado a pagar los tributos, mantener los enfermos o impedidos, dar de comer a artesanos u otros oficios y solventar los gastos de funcionamiento de la misión. De la producción generada por estas actividades, se almacenaba una parte por posibles malas cosechas o para el intercambio económico con otras misiones.

Para dimensionar los cambios generados por los jesuitas, el caso de Yapeyú es paradigmático. Fue fundada como cuarta misión en 1627 bajo el nombre de Santos Reyes Magos de Yapeyú y, cuando llegaron los misioneros Pedro Romero y Roque González, se encontraron tan sólo con tres casas y un centenar de indígenas. Aprovechando la ubicación estratégica, se dio un rápido crecimiento económico y demográfico, alcanzando los 8.000 indígenas y superando los centros urbanos de la región (Asunción y Corrientes).

La casa natal de José de San Martín, de origen jesuítico, está protegida por un templete en Yapeyú.

La casa natal de José de San Martín, de origen jesuítico, está protegida por un templete en Yapeyú.

Muchos sostienen que el objetivo primordial era, a través de este experimento de mixtura étnica conocido como “los 30 pueblos de guaraníes”, hacer realidad la utopía de una sociedad en constante y pacífico crecimiento. Y aquello se basa también en la premisa guaraní de proyectar “la tierra sin mal”, aquella que los alimenta, cura y protege.

Sin embargo, durante un siglo y medio de presencia de las misiones, fue constante la amenaza de los bandeirantes paulistas (o mamelucos), grupos de portugueses que perseguían a los guaraníes para venderlos como esclavos en territorio brasilero. Tras esa disputa, muchos pueblos fueron aniquilados y obligaron a algunas misiones a trasladarse a otras ubicaciones menos desprotegidas.

Así como el museo en San Carlos, varios son los que se encargan de resguardar los restos arqueológicos y arquitectónicos de las misiones.

Así como el museo en San Carlos (Corrientes), varios son los que se encargan de resguardar los restos arqueológicos y arquitectónicos de las misiones.

En el caso de Yapeyú, además del museo, los restos están distribuidos en el pueblo.

En el caso de Yapeyú, además del museo, los restos están distribuidos en el pueblo.

Ante los avances de los bandeirantes, algunos jesuitas se organizaron para resistir y así fue que en 1641, con la batalla de Mbororé cerca de La Cruz (provincia de Corrientes), pudieron derrotar a los esclavistas portugueses y permitieron el inicio de un período de estabilidad y crecimiento para todas las misiones. Como agradecimiento, los guaraníes tallaron en madera la imagen de la virgen de Asunción, y hoy se puede ver en la iglesia del pueblo.

Finalmente, en 1767, por decisión del rey Carlos III y en función de distintas razones políticas, económicas y religiosas, se ordenó la expulsión de la Orden de los Jesuitas de España y de todos sus bienes y dominios. Fue entonces cuando se comenzaron a abandonar las misiones y cayeron en el olvido hasta desaparecer su población estable.

Recreación nocturna en San Ignacio mediante imágenes y sonido.

Recreación nocturna en San Ignacio mediante imágenes y sonido.

De todas maneras, el avance de los bandeirantes continuó. Por ejemplo, en 1817 se dio un nuevo ataque a cargo del general Chagas sobre el pueblo de San Carlos, llegando casi a aniquilar a toda su población. Al año siguiente sucedió un nuevo ataque, en ese caso resistido por el comandante indígena Andrés Guacurarí (conocido como Andresito y que le da nombre a una ciudad misionera) que ayudó a salvar a buena parte de la población, haciéndolos escapar por la parte trasera de la iglesia.

Sumado a dichos avances, en el territorio misionero se dio una serie de ataques a manos de los paraguayos, que entre 1816 y 1819 destruyeron parte de algunas de las reducciones sobre el río Paraná, como San Ignacio Miní.

La selva avanza entre las ruinas de la misión de Santa María La Mayor.

La selva avanza entre las ruinas de la misión de Santa María La Mayor.

Distintas han sido las historias de cada una de las misiones jesuíticas, pero todas convergieron en su desaparición como asentamientos habitados. El desafío fue, décadas más tarde, el proceso de repoblamiento y de recuperación o mantenimiento de las ruinas de las misiones, superando también el inevitable avance de la selva y la naturaleza que ha cubierto buena parte de las ruinas (ejemplo claro de esto es Santa María La Mayor en Misiones, donde entre tanto verde tratan de sobrevivir ejemplares de enormes bloques de piedra aun en pie). En muchos de los pueblos, ya casi no quedan restos arquitectónicos, producto de la destrucción a manos de los bandeirantes paulistas o por el proceso de reconstrucción del mismo trazado urbano, como fue el caso de Santo Tomé, donde todo el pueblo fue reinstalado sobre las ruinas, quedando tan sólo muy pocos objetos arqueológicos.

La iglesia de Santo Tomé, también reconstruida.

La iglesia de Santo Tomé, también reconstruida.

Lo poco que queda de la misión en Concepción de la Sierra puede verse en la plaza actual.

Lo poco que queda de la misión en Concepción de la Sierra (Misiones) puede verse en la plaza actual.

Por suerte, en algunos pueblos se pueden visitar ruinas que ejemplifican lo que fue la vida hace casi cuatro siglos y que hoy son patrimonio histórico:

  • La Cruz (Corrientes): se observan hornos, muros de piedra y un sitio arqueológico.
  • Yapeyú (Corrientes): el Templete que resguarda las ruinas de la casa natal de San Martín (de origen jesuítico), el Museo jesuítico Padre Furlong instalado sobre la ruina de la Iglesia Jesuítica y una vivienda para las mujeres solas (o Cotiguazú).
  • San Carlos (Corrientes): los muros de la plaza principal y el museo de arte jesuítico, que guarda más de 2000 piezas.

Ruinas de la misión de San Carlos

  • Parque Nacional El Palmar (Entre Ríos): la Calera del Palmar, de origen jesuita, desde donde se despachaban cueros, grasa, leña y cal a centros urbanos de la región.
  • Concepción de la Sierra (Misiones): en la plaza principal, se observan restos arquitectónicos y el antiguo pozo de agua de 20 metros de profundidad.
  • Santa María La Mayor (entre Concepción de la Sierra e Itacaruaré, Misiones): sobre lo que fue el terreno de la misión allí ubicaba, continúan en pie vestigios de la plaza pública, los talleres, el colegio residencial y la Iglesia provisoria, mientras que el resto está cubierto por la selva. También exhiben una réplica de la imprenta.

Ruinas de la misión de Santa María La Mayor

  • Candelaria (Misiones): los restos arquitectónicos han quedado dentro del predio carcelario, por lo que hace falta solicitar permiso para ingresar.
  • Corpus (Misiones): cuenta con varios restos arquitectónicos.
  • Nuestra Señora de Loreto (Misiones): algunos restos arquitectónicos, como el templo, la residencia, los talleres y algunas viviendas, junto a la capilla de la Virgen de Loreto (por tratarse de la Capital de la Espiritualidad, suele ser muy concurrida durante Semana Santa).
  • Santa Ana (Misiones): en estado similar a Santa María, se pueden observar la iglesia, el colegio, los talleres, algunas viviendas y el pozo de agua. Se destaca que el cementerio siguió utilizándose hasta 1980, por lo que hay muchas tumbas recientes.

Cementerio en la misión de Santa Ana

  • San Ignacio Miní (Misiones): es la misión que mejor se ha mantenido gracias a los importantes trabajos de reconstrucción y mantenimiento. Además de los edificios observados en las otras ruinas, llama la atención el imponente portal de acceso a la iglesia. A su vez, cabe destacar el espectáculo nocturno que narra la historia del sistema de misiones jesuítico-guaraníes con animaciones y audios.

Ruinas de la misión de San Ignacio Miní

Espectáculo nocturno en San IgnacioPara acceder a las ruinas de Santa María, Loreto, Santa Ana y San Ignacio, la provincia de Misiones definió una entrada única, cuyo costo es de $110, y permite visitar las cuatro dentro de un plazo de 15 días. En el resto de las ruinas no se cobra acceso.

Este recorrido histórico, que parte de los restos arqueológicos y arquitectónicos, nos ayudó a entender una fragmento importante de la historia de Argentina y de América Latina. Podría tratarse de una arista de la conquista española, con vetas que parecieran ir en paralelo o a contrapelo, o quizás una de las grandes batallas culturales en la región. Sea como fuere, intentamos reconstruir dicha historia y compartirla con ustedes para que cuando visiten lo que han sido las misiones de este sistema de reducciones jesuítico-guaraníes puedan comprender la envergadura de esta iniciativa.

Esperamos que les haya gustado y entusiasmarlos así a que sigan viajando con ansias de aprender más de cada destino.

¡Abrazos viajeros!

 

Queremos agradecer a la colaboración por parte del Ministerio de Turismo de Misiones (a través de la Subsecretaría de Marketing y Promoción de Eventos), que nos facilitó las entradas para completar nuestro recorrido por las ruinas de la provincia.




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