La vida a 80 km/h: seis meses aprendiendo en el camino

Queremos empezar con una confesión: esta entrada la venimos pensando/armando hace mucho, mucho tiempo, casi cuando empezamos. Como podrán leer, es producto del aprendizaje, de errores y de aciertos, de apertura a lo nuevo y de resistencia a lo desconocido. Es increíble cómo pasan los días, las semanas y los meses. Ya cumplimos 6 meses de viaje y subidos a esta aventura sentimos este estilo de vida rodantero como propio, como una elección de la que difícilmente nos podamos bajar. En toda decisión, en toda apuesta siempre hay algo que se gana y algo que se pierde. Acá queremos compartir con todos ustedes, con quienes hacen posible que esta aventura siga recorriendo kilómetros, qué aprendimos de este nuevo estilo de vida, en qué hemos cambiado y cómo es ser nómades.

 

La velocidad de viaje

Legalmente, está establecido que la velocidad máxima para circular por rutas con un trailer es de 80 km/h. Pero en ningún lado esa ley te explica cómo va a cambiar tu dinámica de viaje pasando a un ritmo que, en promedio, te hace ir casi un 30% más despacio. Bueno, ese cambio de velocidad fue todo un cambio para nosotros y es por eso que titulamos de esa manera esta entrada tan especial.

Ahora nos pasan todos, desde motos, autos y camionetas hasta camiones con acoplado o micros de dos pisos. Al principio, cuesta asimilar la frustración de ver irse el tiempo en la ruta, sólo hasta que entendimos que el tiempo ya no era nuestro enemigo, a quien debíamos vencer, sino más bien otra compañía durante esta aventura. Y a todo ello hay que agregarle que los tiempos de frenado y de aceleración tampoco son los mismos. Nos tomó bastante acostumbrarnos a la idea de que recorrer 300 km nos pueden llevar entre 4 y 5 horas (según el viento, el estado de la ruta, el tráfico, etc., etc.).

mesario-camionesIgualmente, el hecho de que nos pasen de esa manera no es sólo cuestión de tiempo. También está el factor manejo. Cualquiera podría pensar que, arrastrando una casilla y recorriendo la ventosa ruta 3, el mayor riesgo está dado por los que vienen de frente, pero no. Cuando te sobrepasa un camión o un micro, las presiones de aire hacen que seamos levemente corridos hacia la banquina, pareciendo perder el control del vehículo. En esa fracción de segundo, uno llega a creer que todo derivará en una catástrofe. Una solución que nos dio buenos resultados y más tranquilidad es, apenas el que nos pasa ya está en el otro carril (¡no antes!), levantar el pie del acelerador. Desacelerar nos dio mayor estabilidad y control, aunque la explicación física la desconocemos.

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Logística para estacionar (y para arrancar)

Una vez que llegamos a nuestro destino, viene el segundo desafío del manejo con trailer. Para sacar el registro de conducir necesario (B2: “automóvil, camioneta o utilitario hasta 3500 kg con acoplado de hasta 750 kg o casa rodante no motorizada”), es necesario un examen práctico arrastrando un trailer. Si bien no es evaluado el estacionamiento, yo tomé unas “clases intensivas” con nuestro amigo Luis de Lanús, quien desinteresadamente brindó dos sábados para sacarnos del apuro. Costó mucho, pero hoy ya me siento totalmente cómodo con el ejercicio de maniobras para estacionar (siempre y cuando cuente con la ayuda de Sol para que me oriente).

La regla básica que hay que aprender es que la marcha atrás es totalmente al revés que con un vehículo solamente (parece obvio, pero les aseguro que no lo es). Con un truquito de Luis resolvimos cómo retroceder en línea recta (y esa lógica se pudo trasladar al estacionar): si la casilla aparece por el espejo izquierdo, el volante va a la izquierda; si aparece por el derecho, el volante va a la derecha. Despacito y sin apuro hemos logrado estacionar en espacios sumamente reducidos de poco más de 2 metros de ancho (la casilla mide 2 metros de ancho).

Suponiendo que tuvimos éxito al estacionar, llega el momento de desensillar. A Sol no le gustan los mecanismos, pero para hacerlo con la mayor seguridad y garantizar nuestra comodidad, pasamos a enumerar los pasos que seguimos cada vez que arribamos a un lugar:

  1. Chequear que las ruedas de la casilla queden parejas sobre el terreno (que ninguna esté más arriba que la otra).
  2. Si hay un poco de pendiente, ponerle tacos de madera para que no se mueva.
  3. Bajar la rueda timonera, que vendría a ser el tercer apoyo de la casilla.
  4. Sacar la traba del gancho y desenganchar la casilla por completo, incluidas las cadenas y los enchufes de luces (es probable que haya que mover la camioneta por quedar demasiado cerca).
  5. Bajar las cuatro patas que le aseguran estabilidad a la casilla y que le permiten a uno subirse a ella.
  6. Recién ahí podemos abrir la garrafa y conectar el prolongador para la corriente eléctrica.

mesario-acampandoHoy, todo este proceder nos toma alrededor de 15 minutos, pero al principio podíamos estar más de media hora hasta estar seguros. Sin embargo, la etapa de salida de un lugar debe ser aun más cautelosa. Del paso 6 al 2, se realizan de manera inversa y hacemos dos chequeos previos a la partida, dándole una vuelta entera a la casilla para revisar: haber cerrado puerta y ventanas; haber cerrado el escalón y trabado con la tuerca; que esté bien enganchada a la camioneta (gancho colocado correctamente, cadenas de seguridad cruzadas, enchufes de luces y de freno, bocha asegurada); haber cerrado la garrafa. Más de una vez, al hacer algunos kilómetros y aun con esos dos chequeos, dudamos de nosotros mismos y frenamos para volver a revisar. ¿Paranoia? Puede ser, pero esos minutos que uno se vuelve a tomar son la garantía de que el viaje continúe.

¡Ah, nos olvidábamos! El otro chequeo se lo hacemos a la camioneta: aceite, agua, líquido de frenos/embrague/dirección, cubiertas.

mesario-viajandoEn fin, en un viaje tan largo nada puede quedar librado al azar. De nuevo, al principio era por demás tedioso, hoy ya es un mecanismo naturalizado e incorporado a la rutina de viaje. Cuando calculamos el horario que nos tenemos que despertar para viajar temprano, estos tiempos ya son contabilizados.

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Los riesgos de la ruta y cómo afrontarlos

Alguna vez, viendo videos de viajeros, nos encontramos con la familia Zapp, que llevan más de 15 años en la ruta y con tres de sus cuatro hijos nacidos en otros países. Herman, el padre, relató algo que aprendió en su aventura (ellos viajan en un vehículo de 1928): ellos planearon llevarse repuestos que pudieran utilizar en sus frecuentes visitas a los mecánicos, tratando de prever todo lo que pudiera pasarles en la ruta, pero entendió que eso es imposible y que siempre algo se va a salir de esos maravillosos planes teóricos. Conclusión: no hay que estar preparado (materialmente) para todo lo que le pueda ocurrir a uno estando de viaje… hay que estar preparado (psicológicamente) para que cualquier cosa le pueda ocurrir a uno, ya que nadie está exento, pero tampoco nadie tiene la bola de cristal. La misma ruta te mostrará el camino.

mesario-nieveComo les contábamos en el apartado anterior, nosotros tomamos muchos recaudos para prevenir, pero aprendimos que con eso no alcanza y que cualquier cosa nos podrá pasar estando de viaje. Han pasado más de 6 meses desde que salimos aquella mañana del 9 de mayo desde Villa Lugano (Buenos Aires) y tuvimos que visitar a distintos mecánicos: primero fue la rueda timonera de la casilla, que rompimos la primera noche de viaje (gracias a Nati, a la semana conseguimos el repuesto); luego vino la calefacción, que decidimos suspenderla temporalmente; más tarde nos daríamos cuenta de que el fuelle de la homocinética estaba rajado y tuvimos que cambiarlo; y, por último (esperemos que por mucho tiempo), se pinchó una manguera de agua y también la cambiamos, evitando mayores inconvenientes.

mesario-arreglandoComo ven, ya hemos tenido varios dolores de cabeza, y vendrán muchos más, pero ser conscientes de ello nos da la ventaja.

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Cada día un nuevo hogar

Hasta acá pareciera que esta vida nómade trae más complicaciones que alegrías. Si bien a veces pensamos eso, después nos acordamos de todas las vivencias que hemos atravesado en este tiempo de viaje. Para ello, partimos de una gran diferencia que existe entre el viajero y el turista: éste tiene un tiempo acotado, sólo busca destinos “turísticos”, sus contactos se reducen a prestadores de servicios, y prefiere el paquete organizado a la aventura por lo desconocido. El viajero, por el contrario, no tiene tiempos (o mejor, tiene el tiempo de no tener tiempo), viaja para descubrir y no por “la foto”, y puede pasarse horas “encerrado” conversando con amigos de la ruta mientras el día soleado afuera es conquistado por las agencias de viaje. Siempre nos repetimos que no somos turistas, que somos viajeros y que este viaje, antes que nada, tiene un fin social y cultural. ¿Y eso qué significa en el día a día?

Proyecto mapear...

Proyecto mapear…

Aun no tenemos una respuesta a esa pregunta, sino que el mismo día a día es el que nos va dando diversas respuestas concretas. Siempre nos preguntan “¿y cuánto se van a quedar?” y, a coro, respondemos no saber, que “todo depende”. Depende del lugar, depende de cómo nos reciben, depende de dónde nos alojamos, depende de si podemos dar los talleres o no, depende de nuestro estado de ánimo. Eso sí, nosotros decidimos hasta cuándo, no hay un guía que nos va marcando el rumbo ni los tiempos. Esa es la libertad del viajero, no condicionada por presupuestos y vacaciones, sino por los avatares de la vida cotidiana de la gente con la que nos relacionamos en cada lugar que es, temporalmente, nuestro nuevo hogar. Allí hemos encontrado a nuestra familia adoptiva, a aquellas personas increíbles que nos ayudan a olvidar por un rato nuestro desarraigo, que nos dan ese empujoncito para seguir viajando con ánimo. Tuvimos muchas familias y hogares, y aprovechamos para agradecerles por habernos abierto sus puertas.

De joda en San Julián

De joda en San Julián

Un párrafo aparte merece la apreciación del tiempo que uno comienza a tener en este estilo de vida rodantero. A la distancia, podemos ver que en la gran ciudad, con el ritmo que ésta propone, se nos dificultaba disfrutar del presente. Prioritariamente, todo quedaba marcado por la rutina, como una mirada al pasado que inercial e irremediablemente tiende a repetirse en el presente y en el futuro. Quizás, un momento de lucidez nos permitía hacer algunos planes hacia delante, pero el pasado continuaba marcando el rumbo y, por momentos, definiendo por nosotros. Hoy, todo eso ha cambiado y es solamente el presente el que nos define. Todo lo que nos pasa y lo que hacemos lo vivimos en el aquí y ahora, ya que no sabemos qué vendrá mañana, ni el ayer puede condicionarnos ya que es muy distinto al hoy. Para quienes nos (mal)acostumbramos al ritmo citadino, nos resultó muy difícil adaptarnos a este nuevo ritmo: la vorágine se cambió por incertidumbre, la rutina fue aplastada por la aventura, y las caras conocidas se multiplicaron por doquier. En fin, hoy vemos y vivimos la vida de una manera distinta, de esa manera libre que tanto buscamos… como canta Mercedes Sosa, por fin “lo cotidiano se vuelve mágico”.

Abrazados en Los Altares

Abrazados en Los Altares

Así, con todos esos condicionantes que hacen al nomadismo, nos ha pasado de quedarnos por dos semanas en lugares totalmente ajenos al turismo (como Pomona, Los Altares o San Julián), mientras que dos días bastaron para huir de aquellos plagados de turistas (como Puerto Madryn o El Chaltén). Tampoco queremos bastardear a la figura del turista (en algunas ocasiones, nos comportamos de esa manera). El problema está en toda la industria que se instala a su alrededor: precios desorbitados, abundancia de hoteles y escasez de lugareños, todo traducido al english, etc. Nosotros viajamos por el placer de conocer y descubrir aquellos rincones, quizás, más desconocidos de Argentina, siempre a través de su gente. Hemos comprobado que la fidelidad de la información que nos brindaron supera ampliamente a cualquier tipo de folletería que ofrecen los entes oficiales. Integrarnos a esa cotidianeidad por algunos días nos hace ser parte de los diferentes lugares, de los que seguramente nos llevamos algo y a los que intentamos dejarles alguna marca con nuestro paso.

Nuestros talleres literarios ya han estado presentes en las cuatro provincias patagónicas que recorrimos, y más precisamente en Pomona, Los Altares, Las Plumas, Rada Tilly, San Julián, Piedrabuena, Río Grande, Lago Escondido y El Calafate. Sin buscarlo, los talleres se han convertido en el núcleo vinculante de nuestra estadía en cada lugar: nos permitieron conocer a mucha gente, adentrarnos en lo más profundo de la vida lugareña y, algo de igual importancia, financiarnos.

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El desafío de no morir en el intento

Este apartado, continuación del anterior, busca romper con todo tipo de romanticismo. El dinero, podríamos decir, puede convertirse en el talón de Aquiles de un proyecto como Destino Nómade. Es una realidad ineludible, para la cual hay que estar preparados y atentos. Por eso, vamos a contarles cómo fueron nuestros planes en la teoría y cómo esta cruda realidad los hizo mutar repentinamente.

Para este proyecto, llevábamos más de un año ahorrando e implementando economía de guerra. El esfuerzo y la presión fueron muy grandes. Creíamos que esos ahorros bastarían para garantizar, al menos, un año de viaje y “después veríamos”. Una opción para generar dinero era continuar el microemprendimiento de Bien Lunáticas, que Sol y Nati tenían en Buenos Aires, fabricando juegos y juguetes de tela. Además, hicimos el intento de coordinar algunos negocios para ser de intermediarios en el resto del país, pero no tuvimos éxito. Ante este fracaso, nuestras finanzas se ponían en riesgo, ya que los muñecos pueden generar ingresos, pero son para la “caja chica” y nosotros necesitábamos más bien algo suculento para gastos regulares e importantes (combustible, comida, seguro, arreglos). En fin, quedamos en que “después veríamos”…

mesario feriaAl comenzar nuestro viaje, no sólo nos llevó tiempo adaptarnos al control de los gastos, sino que además surgieron gastos extraordinarios que dispararon nuestra economía hacia extremos indeseados. Un cuadernito naranja se convirtió en nuestra Biblia y allí anotamos todo lo que gastamos, hasta lo que parece más insignificante. Lo organizamos en: hospedaje, comida, ruta (incluye combustible, peajes, arreglos, etc.) y varios. A su vez, un control mensual nos permite ir viendo cómo evoluciona cada categoría y los gastos totales. Este control es muy bonito, hasta que nos damos cuenta que el dinero solamente sale, pero nunca entra.

Volvamos a lo que fueron nuestros planes antes de salir de viaje. Ya les contamos sobre los talleres literarios. Inicialmente, nuestra idea era brindar esos talleres en forma gratuita, para que los chicos de los pueblos y ciudades que visitáramos pudieran tener una actividad que los acercara a la lectura y a la escritura de una manera distinta, a través del juego y la creatividad. En los primeros dos meses, no pudimos tener ningún encuentro. Esa idea romántica de que los convocaríamos en una plaza o un parque a un horario determinado fue derrumbada por completo por distintos factores: somos totales desconocidos; cuando están por fuera del horario escolar, es más difícil que participen de una actividad ocasional; y el clima patagónico invernal no ayuda para que se realice al aire libre.

Desistimos de esa metodología y optamos por vincularnos con escuelas por una simple razón: los chicos ya están ahí. Entonces, hicimos el primer intento en Pomona. Como ya relatamos, lo que iba a ser un taller aislado, se terminó extendiendo a toda la escuela. En uno de los grados, el docente se nos acercó y nos consultó quién nos pagaba por los talleres. Le respondimos que nadie, que la idea era brindarlos gratuitamente. Sorprendido, nos explicó que son los municipios quienes tienden a pagarle a los talleristas. Esa simple conversación nos aclaró el panorama: articular con instituciones (como escuelas, bibliotecas o centros culturales) nos permitiría llevar a cabo los talleres y plantear la posibilidad de algún tipo de apoyo económico, y no serían los chicos quienes estarían desembolsando de su bolsillo.

Parece simple y posible la ecuación, pero aun hoy nos genera conflicto, ya que no queremos que el apoyo sea condición sine qua non ni que nuestro taller se convierta en un bien de cambio. A su vez, tampoco queremos sentir que “nos estamos vendiendo” y que le ponemos precio a aquello que hacemos. Esta tensión se confronta con el antirromanticismo “de algo hay que vivir”. A su vez, tenemos la plena confianza de que nuestro trabajo es sumamente profesional y que, como todo trabajador de la educación, consideramos que eso tiene un valor (no un costo). Sin embargo, nos conflictúan mucho cuando nos piden un presupuesto o una tarifa, explicando que queremos que sean los interesados los que definan cuánto y cómo, porque no todos pueden o quieren por igual o porque nosotros no sabemos cuál sería ese presupuesto acorde. Nos duele mucho cuando se asustan al plantearles la posibilidad de algún tipo de apoyo porque vemos en esas personas la falta de valor de un trabajo profesional, e incluso viniendo de colegas.

En definitiva, por el momento, los talleres se han convertido en aquella respuesta al “después veríamos”. Si bien no siempre nos han pagado por igual y en algunos casos no ha habido apoyo económico alguno, los ingresos que generan han permitido estabilizar la balanza entre el debe y el haber de nuestras finanzas. Cuando nos sentamos con algún directivo o encargado, les explicamos que ese apoyo económico nos permitió llegar hasta esa mesa y un nuevo apoyo nos permitirá alcanzar la siguiente. Esta es, por ahora, nuestra forma de no morir en el intento, de vivir viajando.

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Queremos agradecerles, primero, por haber leído hasta acá. Y, también, por habernos acompañado durante estos seis meses de viaje y por seguir siendo parte de esta gran aventura.

¡Abrazos viajeros!

6 Replies to “La vida a 80 km/h: seis meses aprendiendo en el camino”

  1. Bueno como siempre la claridad, sencillez y el contenido son maravillosos y posibilitan comprender el mensaje!!! Muchas cosas se desprenden de este relato, pero un gran aprendizaje es el que brilla. Una de los mas importantes para mi es el haber comprendido algo esencial en la vida y que nos cuesta y nos lleva mucho tiempo aprender: y tomo tus palabras “Hoy, todo eso ha cambiado y es solamente el presente el que nos define. Todo lo que nos pasa y lo que hacemos lo vivimos en el aquí y ahora, ya que no sabemos qué vendrá mañana, ni el ayer puede condicionarnos ya que es muy distinto al hoy” “Disfrutar del presente. Es el presente el que nos define!” Tan fácil y complejo como ESTAR EN EL PRESENTE.Este es el mayor aprendizaje que me parece han tenido. Los felicito!!! Y quizás venga el otro que es saber valorar en dinero su tiempo, su conocimiento y sus esfuerzos. Y que puedan ponerle un precio/valor a su trabajo!! Son unos geniso y los amo!!! Besossss viajeros!!!!

    • Muchas gracias Marité! Qué bueno que haya gustado tanto… esa vida “tan presente” marca nuestro día a día. Y aun más cuando hay alguien del otro lado que nos acompaña. Abrazos viajeros!

  2. Me ha parecido muy interesante el relato, esta vida nómade y la búsqueda de la aventura y de hallar “lo distinto” a lo que brindan las agencias turísticas es algo para apreciar. ¡Los felicito!

    • Hola Eva, cómo estás? Muchas gracias por comentar esta entrada. Fue muy especial para nosotros y eso que destacás es muy difícil de lograr, pero se puede. Y una de las cosas más interesantes es descubrir aquello bello, que podría ser turístico en lo que, en teoría no lo es, que no es publicitado por ningún lado. Hay que estar muy atento, jaja. Abrazos viajeros!

  3. muchas felicitaciones chicos, no es fácil lo que hacen, es admirable!!, me encanta leer sus experiencias y las disfruto en grande, les deseo del fondo de mi corazón que puedan seguir con esos ideales y buenas rutas viajeros!

    • Hola Alicia! Muchas gracias por haberte tomado un tiempo para compartirnos estas sentidas palabras. La verdad, son un mimo al corazón viajero y, a la vez, un gran impulso para seguir mirando hacia adelante. Qué bueno sentirse tan acompañado! Abrazos viajeros!!

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